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Luis Cardeña Gálvez
28/01/2009
EL PIBE DE ORO.
 
 

EL PIBE DE ORO

Osvaldo Soriano: “Fútbol. Memorias del Míster Peregrino Fernández y otros relatos”. Editorial Mondadori, 1998


Soy hijo de una familia de obreros. Mi padre era ferroviario en Ingeniero White y murió muy joven, de modo que desde chico tuve que hacer cualquier trabajo para ayudar a mi madre y a mis cuatro hermanos. No había nadie en la familia que jugara al fútbol, pero a mí nada me importaba más que escaparme al baldío y después de diez o doce horas de trabajar como mensajero en la Casa Dreyfus, me ponía a jugar un picado con otros muchachos. Yo era el dueño de la pelota y eso ya me hacía un poco el caudillo del grupo. En 1926, cuando tenía once años, jugaba en la quinta división del equipo de Comercial de Ingeniero White que era uno de los clubes que mejor fútbol tenía en la Liga del Sur de Bahía Blanca. Jugaba, como todos, en cualquier puesto, pero casi siempre me ponían de insider derecho.

Yo siempre les decía después a los de la Capital que nosotros, los del interior, teníamos sobre ellos una ventaja: desde muy chicos jugábamos al fútbol junto a los grandes, es decir, no mezclábamos pibes de diez u once años con tipos de veinticinco o veintiséis, porque allá los clubes no tienen muchas veces los elementos para completar las divisiones y se produce esa mezcla de edades donde uno aprende cosas muy pronto.

Ingeniero White era un puerto de pescadores y de ferroviarios, y por entonces la aspiración máxima de un chico era ser empleado del ferrocarril. Ése era un puesto muy codiciado por el prestigio que daba, así que yo creía que alguna vez iba a ser ferroviario. Pero lo del fútbol fue tan rápido que pronto la ilusión aquella se derrumbó. A los dieciséis años yo jugaba en la primera división de Comercial y en el seleccionado de la Liga del Sur. Mis ídolos entonces eran Adolfo Zumelzú, de Sportivo Palermo, y Luis Monti, de San Lorenzo. Ellos resumían todas mis aspiraciones como futbolista. Monti era, como se decía entonces, un tipo de garra, mientras que Zumelzú era todo lo contrario, jugaba como Juan Carlos Corazzo. En Comercial me gustaba mucho el centro medio, Santos Ursino. Yo lo seguí por todos lados para ver cómo jugaba. Los pibes que estábamos en las inferiores íbamos a los entrenamientos de la primera para ver si por ahí faltaba alguno y nos dejaban colar en el picado.

Yo andaba detrás de Ursino, le llevaba la valija, todo. Terminó por tomarme cariño y se fue a ver la quinta división, donde yo jugaba de entreala derecho. Entonces me dijo: “Vos tenés que jugar de centrojás. Además tenés que jugar sin gorra y con el pelo corto”. Desde ese día y hasta que dejé de jugar en Boca, jamás me volví a poner la gorra, ni tuve el pelo largo. Con el correr del tiempo, Ursino dejó de jugar en primera y yo ocupé su puesto. Mucho después se enfermó, tuvieron que amputarle las piernas y poco después murió.

Comercial era, junto a Pacífico, uno de los mejores equipos de la Liga. Fue el que más jugadores le dio a Buenos Aires: Ursino –primo de Santos- jugó en Lanús; luego llegaron a Lanús Talleres Troncoso y Romano, dos muy buenos jugadores. Por supuesto, yo soñaba con venir a Buenos Aires. No digo que estuviera seguro de llegar a jugar acá, pero a los dieciocho años se sueña mucho. Yo soy un hombre muy tímido en la vida para todas las cosas, pero nunca para el fútbol. En eso siempre fui muy audaz.

A los dieciséis años yo ya jugaba en el seleccionador de la Liga del Sur de Bahía Blanca. Entonces fuimos a jugar a Pergamino. Ésa fue la primera vez que salí de mi pueblo y la primera vez que me dieron algo de dinero, creo que eran cinco pesos por día para viáticos. ¡Imagínese lo que era para mí salir de Ingeniero White! ¡Venir a la Capital! Porque para ir a Pergamino debíamos venir primero a Buenos Aires. Paramos en el hotel Mar del Plata, en Congreso, en Rivadavia casi Callao. Yo era muy amigo de Rosini, que jugaba de ala conmigo, él era el puntero.

Siempre recordaré algo que me dijo cuando veníamos: “Este viaje vos lo vas a hacer pronto de vuelta, porque vas a venir a jugar aquí”. Yo no sabía qué decir, y Rosini agregó: “Mirá, en Buenos Aires nadie esconde la pelota bajo del pasto”. Me quería decir que acá nadie hace milagros, ¿no? Nunca olvidaré esa frase. Cuando vine me di cuenta de que era así: jugué acá igual que allá, nunca hice nada nuevo. Cuando volví por primera vez a Ingeniero White, la gente me dio un recibimiento bastante frío y nunca sabré por qué. Yo les dije a algunos amigos: “No esperen que yo haga nada distinto de lo que hacía acá: el fútbol es igual, el mismo que yo jugaba en Comercial”. La única diferencia fue que aquí enfrentaba a gente con más capacidad que la que jugaba allá.

Cómo llegué a jugar en Boca es todavía un misterio. White era un pueblo muy chico, donde todos nos conocíamos. Un amigo consiguió en La Plata que yo fuera allí a probarme para Gimnasia y esgrima. No era Boca, pero me interesaba mucho. Jugué un partido y conformé. Luego fue un delegado de Gimnasia a White, pero no arregló con el club. Eso fue a principios de 1933. casi al final de ese año jugaban en Montevideo un partido los seleccionados de la Argentina y Uruguay. Estábamos escuchando el partido en el que Varallo había hecho un gol. Entonces un tío mío me dijo: “Mirá, yo voy a mandar una carta a Boca para que te prueben”. En ese momento Gimnasia estaba haciendo gestiones otra vez para que yo fuera a La Plata. Mi tío quería que fuera a Boca, así que mandó la carta. Pedía pesos para el viaje y ocho pesos para la cama. Hasta el día de hoy no sé quién recibió la carta en Boca, ni quién la contestó. Cuando conocí Boca supe la cantidad de cartas que llegaban ofreciendo jugadores, así que no sé quién tuvo el coraje de contestarla. La cosa es que vino un telegrama diciendo que fuera. Creo que el telegrama llegó más o menos a las cinco de la tarde, así que esa misma noche a las siete me embarqué. Me acuerdo que era un viernes. No sé de dónde salió el coraje, pero me metí en el tren y vine a Buenos Aires. En ese momento, lo único que hice fue decírselo a mi madre. Ella me contestó: “Si es por tu bien, andá”.

Llegué a Constitución, tomé un coche y me presenté con el telegrama en la puerta de Boca. El sábado a mediodía jugué una práctica que hacía la reserva. El que miraba el partido –un amistoso contra Sportivo Barracas- era Mario Fortunato.

Cuando terminó el partido me dijeron que ya era jugador de Boca. Imagínese lo que sentí en ese momento. A la noche nomás me fui de nuevo para Bahía Blanca. Entonces pensé otra vez en quién habría mandado el telegrama. Pensé también que como Boca en ese tiempo no tenía un eje medio, aceptaban a cualquiera, y que ese cualquiera era yo.

Cuando me contrató Boca, yo era mensajero en la Casa Dreyfus y ganaba tres pesos por día. Mi pase no costó nada, porque en ese tiempo había una cláusula que permitía el pase libre y Boca hizo opción de ella. Cuando vine acá, firmé mi primer contrato por trescientos pesos de sueldo al principio.

Jugué varios partidos amistosos y dos oficiales en la reserva de Boca. En la tercera fecha debuté contra Chacarita. Ganamos 3 a 2 y creo que anduve bien. No me achiqué a pesar de la tribuna. Además, todos los muchachos me recibieron muy bien, como se recibía siempre a los que llegaban, fueran del interior o de la capital. Me fui a vivir al hotel América y luego a casa de unos parientes a Temperley, por un tiempo. Los dirigentes, con mucha visión, enseguida me facilitaron todo para que pudiera traer a mi familia a Buenos Aires. Traje a mi madre y a mis hermanos a Temperley y desde entonces nos quedamos acá.

Mucha gente dice ahora que en ese tiempo no nos entrenábamos. Yo los escucho con pena. Desde que llegué a Boca nos entrenábamos todos los días, de ocho de la mañana a doce, menos el sábado; prácticamente como ahora. Se hacían carreras y mucho fútbol. Se practicaba, sí, menos gimnasia. A mí me duele cuando la gente de esa época dice que antes los jugadores comían tallarines y esas cosas. Todas mentiras. Habría, como lo hay ahora, algún inconsciente. Es cierto que había jugadores más gordos, sí, pero no todos. Yo pesaba setenta y tres kilos. Ahora está mejor tratado el físico, porque se lo prepara desde el principio; no se olvide que las chicas también tienen hoy cuerpos más estilizados. Es posible que se haya cambiado, antes no se cuidaba tanto la silueta. Cherro, por ejemplo, era gordo, pero Varallo no, Benítez Cáceres tampoco. Así que no digan que no nos entrenábamos.

Casi inmediatamente empezaron a llamarme El pibe de oro. Sobre quién inventó eso tengo una versión: creo que fue Fioravanti. Boca era un club muy familiar, donde se reunían periodistas, artistas y otra gente que se quedaba con nosotros. Comíamos allí y luego nos quedábamos por la tarde. Iban Fioravanti, Borocotó y otros periodistas. Había también un muchacho que le llamábamos El pelado Casimi, que era de Santa fe. Según me contó después Fioravanti, Casimi fue al diario Noticias Gráficas, donde trabajaba Fioravanti y le dijo: “Andá a Boca y hacé una nota, porque allá hay un pibe de oro”. Parece que de ahí salió el apodo.

A esas reuniones asistían Enrique Muiño, Tito Lusiardo, Fernando Ochoa, Quinquela Martín. Nos íbamos a comer al Tuñín de la Boca con Cherro, Varallo y Fortunato; allí nos encontrábamos con Quinquela, con Juan de Dios Filiberto. Cuando íbamos al centro era para tomar un café en La Meca, en Cangallo, al lado de la cortada de carabelas. Después nos metíamos en el teatro sarmiento donde estaba Canaro, que presentaba una comedia y tocaba con su orquesta.

Jugué pocos partidos en el seleccionado, pero en 1934 ya estuve contra los españoles. Sin embargo, el partido que más recuerdo, el que mejor jugué en mi vida, fue el de Boca contra Platense. Si ganábamos nos clasificábamos campeones y tuvimos la suerte de ponernos enseguida cuatro o cinco a uno y nos soltamos todos. En los últimos minutos jugamos un partidazo.

Yo no hacía muchos goles. En ese tiempo el centro medio buscaba poco el arco, además, yo no tiraba bien al arco. La mayoría de los goles los hacía Varallo. Él y Cherro eran muy amigos. Dos caracteres opuestos, pero se complementaban muy bien. Cherro pensaba mucho el fútbol. Varallo no pensaba ni medio, pero veía el gol, pedía la pelota y era peligrosísimo. Cuando venía la oportunidad crecía. Otro caso, más adelante, ocurrió en Boca con Severino Varela y Sarlanga. Varela era muy oportuno frente al arco, pero además tenía la fortuna de hacerle goles a River. Eso lo consagró. La tribuna creía que Severino Varela era un gran jugador, y sin embargo la mayoría de sus goles eran obra de Sarlanga, que era mucho más jugador que él.

Yo estuve la tarde del célebre boinazo de Severino Varela. Fue un centro de Sosa de derecha a izquierda y Varela la agarró de palomita, casi sobre el piso. Varela se ponía la boina blanca porque la tribuna le exigía que jugara con ella, ése era el Varela que la gente quería.

Hay goles como ése que un no hubiera creído que quedarían en la historia, y otros de los que nadie se acuerda pero que quien los vivió desde adentro de la cancha los recordará toda la vida. Por ejemplo, me acuerdo, en 1946, el año que San Lorenzo fue campeón, un partido que jugamos contra ellos en Boedo; perdíamos 3 a 1 y si hubieran sido cinco también era merecido. Faltaban quince minutos y Boyé hizo un gol. Todos nos agrandamos y san Lorenzo empezó a quedarse.

La tribuna de ellos se quedó en silencio y la nuestra bramaba. Fuimos al ataque y Boyé empató el partido. Enseguida, el mismo Boyé se perdió el cuarto por muy poco. Es un partido difícil de olvidar. De muchos partidos como ése salió ese mito de que Boca es siempre un equipo de garra en contraposición a River, que –según dicen- tiene equipos de mejor juego, pero más blandos.

Boyé era un jugador que parecía un cachiporrero, pero era muy bueno. No decaía nunca, siempre estaba entero y era muy vivo para ver el fútbol.

Había gran diferencia entre los clubes. Ahora eso desapareció y cualquiera sale campeón. En esa época los dos grandes –River y Boca- se disputaban los campeonatos; a veces terciaba Independiente, pero la distancia con los demás era muy grande. Tanto era así, que Fortunato solía hacer el cálculo de los puntos que íbamos a sacar en el torneo y la cosa salía siempre bastante bien. No nos equivocábamos mucho: por ahí calculábamos cuarenta puntos y nos quedábamos en treinta y siete, pero no le andábamos lejos. Por ejemplo, sabíamos que en La Plata perdíamos, generalmente, con Estudiantes. Sabíamos que en la cancha de Chacarita perdíamos algún punto. También con Independiente perdíamos. A River, en cambio, le ganábamos siempre en una época, hasta que apareció la Máquina y entonces ganaban ellos. Con San Lorenzo la cosa era distinta: nos ganaban más veces en nuestra cancha y nosotros a ellos en Boedo. La gente de Boca tiene incorporado eso de la paternidad porque San Lorenzo le gana en la Boca, que es donde más duele. Pero en el tiempo que yo jugaba, quien más veces nos ganaba era Independiente, luego en otra época, River.

Jugué catorce temporadas en Boca. Tenía treinta y dos años cuando me sacaron y pasé a Danubio de Montevideo. Me fui de una manera un tanto enojosa de Boca. Creo que hubo alguna cosa que aún no alcanzo a entender. El último partido lo jugué en 1947 contra River. Estaba jugando normalmente y me rompí un menisco al iniciarse el partido. Corrí los noventa minutos con una rodilla semitrabada. No sabía exactamente qué tenía, pero tenía la certeza de que era algo serio. Tanto, que cuando terminó el partido me operaron. El doctor Covaro me aseguró que no iba a tener problemas para volver a jugar, pues no había rotura e ligamentos ni nada. Cuando me repuse de la operación empecé a entrenarme, hice cuanto me dijo el doctor Covaro, pues siempre fui un hombre muy obediente. Me dijo: “Andá a jugar y no quiero verte con vendas, con rodilleras, ni nada, porque la rodilla está sana”. Sin embargo, fui a Boca con el informe de Covaro y nunca más me hicieron jugar ni en reserva. Evidentemente había un deseo de eliminarme. Incluso ofrecí jugar sin cobrar hasta ver si estaba bien o mal y si no funcionaba me iba. Alguien habrá pensado que yo era viejo y eso le daba una buena oportunidad para echarme. Me ofrecieron algo que tuve el buen tino de no aceptar: la dirección técnica. No acepté y le dije que con mi pase no iban a negociar, pues yo no pensaba jugar en ningún club argentino. Me ofrecieron dejarme libre sólo para ir al extranjero. Entonces hablé con mi mujer e hice la promesa de no jugar más aquí.

Un día recibí un telegrama del Uruguay, que decía: “Llamá a tal número” y lo firmaba Severino Varela. Yo creía que se trataba del Gallego y llamé, pero una jugarreta de los dirigentes del Danubio. Me dijeron que querían hacerme una oferta. Esa misma noche, como aquella vez que me llamaron de Boca, me tomé el vapor y fui a Montevideo. En verdad pasé al Danubio para tener un compromiso que me impidiera jugar contra Boca. Estuve dos años en Danubio aunque me quedé a vivir acá y viajaba todos los domingos.

En 1949 ya no jugué. Ese año Boca anduvo muy mal y estuvo cerca del descenso. Entonces, algunos amigos del club me pidieron que les diera una mano. Yo soy de los que creen que cuando uno está muchos años en un lugar y se va, queda como amigo o como enemigo. Tengo muchos amigos en Boca, así que vine a colaborar. Dejé aclarado de entrada que me iba a hacer cargo de la parte de fútbol, no como entrenador, porque no creo en los entrenadores ni en los técnicos. Fui a Boca como administrador de fútbol, con la condición de que la parte del equipo la hacía yo sin intervención de los dirigentes. En ese momento aceptaron porque las cosas en Boca no andaban bien. Era a principios del año cincuenta. No había contrato de por medio porque no quería estar atado a nada. De esa manera, si alguien intervenía, yo me retiraba.

Boca anduvo bastante bien y yo lo único que hice fue poner orden, sabiendo lo que necesitaba el jugador para estar en sus mejores condiciones. Me preocupé de que los futbolistas estuviesen tranquilos, que cobraran sus haberes como corresponde y que se sintieran firmes en sus puestos. Fue así como Boca llegó a disputar el primer puesto con Independiente. Pero en el partido decisivo los dirigentes cambiaron a un jugador del equipo y entonces me retiré. Yo había estado preparando a ese muchacho y me sentía responsable por él. Pero el sábado, antes del partido, ellos se reunieron y lo dejaron afuera. Pusieron a otro que se les ocurrió, cuando, en realidad, el chico que sacaron era el mejor. Fue así que terminé con mi compromiso moral.

Posteriormente, en 1954, Armando fue propiciado presidente de Boca, y me pidió que lo acompañara. Empecé a hacer el trabajo, no como técnico de fútbol, porque no quería estar adentro de la cancha. En ese lugar siempre hay uno o dos que gobiernan a los otros. Yo respeté mucho eso y le di autoridad a la persona que estaba en condiciones de tenerla –en ese tiempo era Eliseo Mouriño- y anduvimos muy bien. Pero también entonces empezaron a pasar las mismas cosas del año cincuenta: interferencias de dirigentes y eso; entonces renuncié.

No creo que pueda hablarse de “decadencia del fútbol”. Esto, como muchas cosas de la vida, tiene muchas etapas. Los jugadores de ahora no poseen menos condiciones futbolísticas que los de antes: creo que se ha cambiado la forma de ver y jugar el fútbol. Pienso que el fútbol bien jugado, el positivo, es el mejor, pero quizás no estoy en lo cierto. Los últimos resultados de Boca están demostrando que ese juego da satisfacción y atrae al público. Futbolistas habilidosos hay muchos. Hoy los pibes tienen menos tiempo para formarse, pues la vida es más complicada que antes, pero en el interior hay espacio y tiempo para iniciarse en el fútbol.

Creo que los jugadores de ahora están en tan buenas o mejores condiciones que los de antes de jugar buen fútbol. Hay factores distorsionantes, como las conveniencias personales. Los jugadores deben aprender que en la Argentina la gente es hincha de su club y lo sigue a todos lados, donde va, y no piensa cuánto va a ganar cada jugador. El futbolista debe transmitir una imagen amateur. En ese sentido, hay un solo lugar donde discutir el contrato: una oficina. Después, en la cancha no se le puede hacer ver al público qué problemas tiene para conseguir un contrato mejor que el año pasado. No se puede mostrar a la tribuna que se juega únicamente por dinero. Es cierto que la mayoría de los jugadores ganan muy poco, que deberían ganar mejor. Porque mucha gente piensa que un futbolista gana mucho y eso no es cierto. Sacando a los de River, Boca y algún otro cuadro grande, debe pasar como antes, que había un grupo de privilegiados y nada más. A mí el fútbol me dejó plata porque fui siempre un hombre ordenado. Después me perjudicó el desorden del país, la inflación, que es un arma en contra de la gente ordenada. Pude invertir algo y ahora vivo bien, pero siempre de mi trabajo.

Siempre me gustaron los coches. Mi primer auto lo compré en 1934 cuando empecé en Boca. Era un Ford 34 que tenía Cherro y lo cambió por un Dodge, así que yo me quedé con el forcito. En 1936 un concesionario de la Ford de Lomas me vino a vender un coche nuevo y me lo cambió por el que tenía yo. Era Ángel Bossio y desde entonces somos amigos. Él aún es el concesionario de la Ford de Lomas de Zamora. Otra cosa que yo tuve enseguida fue la casa. Mi madre había sufrido mucho y pensaba que lo primero que había que tener era una casa. La gente de Boca, con muy buen tino, me hizo firmar un contrato por tres años y en pago de la primera me hicieron la casa. Hay gente que dice que me la regalaron; eso no es exactamente cierto, pero la verdad es que el club colaboró con mucho cariño para hacerla.

Mi conducta en la vida es muy clara: el mundo se divide en gente decente y de la otra. Así de clarito. No hay tonos intermedios. Yo nunca tuve problemas con nadie. Jamás, en dieciséis años me expulsaron de una cancha de fútbol. Lo que uno recibe es el reflejo de lo que da. Nunca intenté lesionar a nadie y no recuerdo que alguien lo haya hecho conmigo. Pienso ahora como cuando era chico: no hay términos medios. A mí me gusta vivir dentro de la ley. No sé si ésa será la verdad cruda, pero es mi verdad. Yo no creo en los que gritan en la calle vivando a alguien. La mejor manera de tonificar a algo o a alguien es haciendo las cosas bien. Yo soy un liberal, estoy contra toda forma de violencia. En mi negocio, trato de hacer las cosas más simples y felizmente mis hijos siguen el mismo camino. Ellos son socios de la concesionaria. Mi hija es profesora de inglés y mi hijo, que está casado, se recibirá pronto de ingeniero. Yo fui hasta sexto grado solamente, pero después, incluso cuando jugaba al fútbol y ganaba plata, seguí estudiando cosas. En 1941 me casé con la única chica que quise. Mis padres y los suyos se conocían. Ellos eran de Maipú y yo de Ingeniero White. Ambos son pueblos de ferroviarios. Pero mis padres se habían criado en Maipú y después todos nos encontramos en Temperley. Cuando vine a jugar a Boca fui a la casa de los padres de la que hoy es mi mujer y prácticamente, desde entonces, estamos juntos; así, fuimos amigos primero, novios después y esposos más tarde.

Parece mentira que el tiempo haya pasado tan rápido. Uno se queda con algunos recuerdos. En mi caso un par de partidos: uno muy bueno en 1943 contra Gimnasia y otro e el que sufrí mucho, que fue el último que jugué en Boca, en el que yo me di cuenta de que algo llegaba a su fin. Y eso me hizo doler mucho. Recuerdo que mientras la pelota pasaba a mi lado y no podía alcanzarla, pensaba en mis amigos, en toda la gente que había confiado en mí.

Los dos mejores equipos de Boca que yo vi fueron los de 1935 y 1940. Ninguno de ellos tenía la imagen de equipo guerrero que la gente le ha dado a Boca. En el treinta y cinco el equipo formaba con Yustrich, Valussi y Domingo da Guia; Vernieres, Lazzati y Arico Suárez; Tenorio, Varallo, Benítez Cáceres, Cherro y Cusati. En 1940 jugaron Estrada, Marante y Valussi; Sosa, Lazzati y Arco Suárez; Tenorio, Alarcón o Carniglia, Sarlanga, Gandulla y Emeal.

Tuve dos etapas totalmente definidas en Boca. En la primera, entre 1934 y 1940, en la que yo era un pibe que se agregó al núcleo de jugadores muy importantes. Del cuarenta en adelante, pasé a ser el caudillo de esa otra generación menor que entraba y que resultó muy buena gente. Yo hablaba mucho dentro de la cancha. Desde chico fui el caudillo de mis equipos. Acá, desde 1940 fui jefe de camarilla.

La gente se asusta cuando escucha la palabra “camarilla”. Yo no le tengo miedo, naturalmente si es una camarilla bien entendida. Desde el cuarenta en adelante, hubo en Boca jugadores como Boyé, Concuera, Pescia y otros que se hicieron en las inferiores a la manera nuestra, o en cierto modo a mi manera. Influí muchas veces para que jugadores de las divisiones inferiores entraran a la primera. Los propios jugadores a veces nos reuníamos y hacíamos fuerza para la incorporación de chicos que prometían. Eso que suele decirse sobre el bombeo a algunos jugadores, o el soborno, tiene mucho de mentira. No digo que no los haya habido, o que no haya todavía, pero yo no conocí ningún caso. Además, en esto del soborno, para que un solo jugador influya en el resultado de un partido tiene que ser excepcional. Y de ésos hay muy pocos.

Un caso notable en eso de la “garra” boquense fue Marante. Desde las divisiones inferiores, la tribuna lo había preparado para ser el “vengador” del equipo. Cuando alguien golpeaba a un jugador de Boca, enseguida la hinchada gritaba “¡Guerra, Marante, guerra!”. Era un chico de una generosidad sin límites y aun cuando tenía treinta años, era un chico. Cuando fue de Boca a Ferro sufrió mucho. Tuvo un decaimiento anímico tremendo. Pero para que la gente vea quién era Marante, hay que saber que cuando Ferro lo dejó libre volvió a Boca y allá no lo quisieron. Pero él se fue a la afa y por su cuenta firmó para Boca, seguía al equipo pero no lo incluían. Un día teníamos que jugar en la cancha de Vélez Sársfield y no teníamos a quién poner en ese puesto. Entonces alguien se acordó que Marante estaba en la tribuna y lo fue a buscar. Marante jugó esa tarde y nunca más salió del primer equipo.

Si tengo que recordar al más grande jugador que vi en toda mi vida diré que ése es Pelé. De mi época lo fueron Cherro, Marante, Sarlanga, Benítez Cáceres, Arico Suárez, Moreno, Pedernera y Sastre. Yo siempre me enfrenté a los de River e Independiente con bastante suerte. En cambio, había un jugador más oscuro que me tenía loco y me ganaba todas: era Picaro, de Lanús. También cuando jugaba en Comercial de Ingeniero White había un entérala de la quinta de Villa Mitre que no me dejaba tocar una. Se dan muy seguido esas cosas. Lo mismo que las canchas. En la de Chacarita nunca jugué bien. En cambio, en La Plata, donde para nosotros era difícil, siempre hice muy buenos partidos. Hay cosas que aparentemente no tienen lógica, pero se dan muy seguido.

Desde chico me pregunté qué era el fenómeno Boca. Por qué tanta pasión alrededor de unos colores, más allá del barrio, de la ciudad. Yo he recorrido todo el país con Boca y gente que nunca había venido a Buenos Aires o que no conocía a un solo jugador, tenía en sus ranchos, en sus casas, las fotos de los jugadores. Dicen que la mitad más uno del país es de Boca. Yo creo que es más que eso, y que, incluso, es un firme factor de poder político. Eso ya lo tenemos visto.

Mi última incursión en el fútbol fue como periodista en El Gráfico. Dante Panzeri y yo habíamos conversado mucho y le expuse mis ideas sobre el periodismo deportivo, sobre lo que yo creía que eran sus fallas y sus creencias. Él me dijo que yo tenía obligación de decir ciertas cosas que sabía sobre fútbol y entonces fui a colaborar con él. Cuando Dante se fue, también yo dejé la revista.

Ya no soy socio de Boca. Renuncié porque no estoy de acuerdo con Alberto J. Armando y su política. Confiaba en él cuando empezó, pero luego me di cuenta de que su ambición lo llevaba mucho más lejos de lo que suponía. Es un político sumamente hábil, y eso creo que lo mantendrá en Boca por mucho tiempo. Más si este año, como es previsible por ser un año que termina en cuatro, Boca es campeón otra vez. Entonces recuperará el terreno perdido. Yo tengo muchos amigos en Boca, pero ya no voy a la cancha. Me gusta quedarme en casa. En mi familia nadie sabe de fútbol y nunca forcé a nadie para que le interese. A mí nadie me obligó a jugar y fui lo que yo quise ser. Y estoy contento de eso.


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